domingo, 29 de mayo de 2016

Evitemos el retorno del tirano



Como muchos, al inicio de este segundo periodo electoral, pasó por mi cabeza la idea de viciar mi voto: en fin, gane quien gane, será lo mismo, pensé, ambos representan opciones con las que no comulgo.

Pasaron los días y no pude evitar tomar una posición, la coyuntura lo exigía. El detenerse y permitir que Fujimori triunfe significaría la abolición de la débil democracia peruana.

Viciar el voto ahora, en un escenario en el que Keiko le lleva casi diez por ciento de ventaja a Pedro Pablo Kuczynski en las encuestas, no equivale a un voto neutral; es un aliento a la peor dictadura que hemos padecido.

Permitir que Fujimori sea electa, con la mayoría que tiene ya en el congreso, sería muy riesgoso. Con el ejecutivo y el legislativo en sus manos, en manos de la mafia fujimorista, el paso siguiente será controlar el poder judicial, de esa manera, al viejo estilo de los Fujimori, borrarán los crímenes que se les imputa actualmente (el lavado de dinero que se dio en el partido fujimorista, investigado por la DEA; los cien kilos de cocaína que se encontraron en una empresa ligada a Kenji Fujimori, entre otros). La mafia borrará también, obviamente, todos los delitos por los cuales ha sido condenado, mediante pruebas contundentes, Alberto Fujimori a 25 años de prisión, delitos como homicidio calificado, asesinato, lesiones graves y secuestro.

(No olvidemos las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta; la esterilización, mediante engaños, de 300 000 mujeres a las que les ligaron sus trompas; fueron castradas por orden del dictador que le robó al Perú seis mil millones de dólares aproximadamente y que renunció cobardemente vía fax).

¿Volveremos a la época en que nos gobernaba un tirano que controlaba todas las instituciones, y no sólo eso, sino que tenía en sus bolsillos a los medios de comunicación para denigrar a sus enemigos y mantener embrutecida a la población con programas chatarra?

No lo podemos permitir, no podemos deshacer todo lo que con esfuerzo hemos ido construyendo.
Este cinco de junio votaré por Pedro Pablo Kuczynski, sin alegría, pero sin caer en la inacción. Tomo una posición por amor a este país en el cual aún creo.




martes, 26 de abril de 2016

Formas y colores de Juan Bravo






Pintó las alegrías y las tristezas de su pueblo, del habitante de los andes. Lo que lo rodeó fue siempre su inspiración. “Soy un indio con piel blanca”, solía decir, orgulloso.

Juan Bravo Vizcarra (1922-2016) ha partido pero, ahora que le dedico un tiempo e indago sobre su obra y su figura, me doy cuenta de que es uno de los artistas actuales más vigentes, eso se debe quizá a que siempre estuvo tratando de innovar. Su hija me cuenta que “su mente nunca se detenía, trabajaba hasta dormido”. 

Pasamos tantas veces por la plaza Limacpampa que los enormes rostros de piedra de Manco Capac y Mama Ocllo se han vuelto cotidianos, se han normalizado.  Al verlos pienso que merecen que nos detengamos a mirar su rítmica armonía, su esmerado acabado. Viéndolas detenidamente me percato con lástima que están descuidadas, no les damos la asistencia que requieren, que se merecen. No encuentro una placa que indique que Juan Bravo fue el creador de estas magnificas piezas, sólo hay unas letras talladas con su nombre en el piso, el tiempo las está borrando. 

Bravo se inició como caricaturista. Jovencito, realizaba dibujos satíricos de personajes de la ciudad, con ellos se burlaba de los curas y de los militares a quienes criticaba con fino humor. Una sonrisa se enciende en mi rostro cuando me entero que esos jocosos inicios le causaron algunos problemas al artista, problemas menores con las autoridades. Desde chico, era ya el que siempre sería. El rebelde, contestatario y valiente artista. 

Estudió física, matemática y geometría en la universidad, esos estudios lo influenciaron en la elaboración de su estilo, en el que se distingue un claro afán por lograr movimientos concordantes. 

Me cuentan que tenía un gran amor por la vida, que percibía a ésta en cada árbol, cerro, río o piedra. Era un andino de mente y corazón, le otorgaba vida a todo. Lo conmovían los atardeceres, los niños y las flores. 

Quienes lo han conocido coinciden en muchas cosas: era un artista preocupado por la técnica, incansable, terco y muy versátil. ¡Sí que lo era! En su vida se expresó mediante casi todas las formas del arte: La fotografía, la pintura, la escultura y la poesía son sólo algunos de los lenguajes que desarrolló para sacarse de aquella cabeza maravillosa tantos colores y formas que ensalzarían a su amada nación. 

De entre sus miles de trabajos, quizá el más aclamado sea el enorme mural de la avenida Del Sol. 

“La historia del Qosqo” es una obra producto de un esfuerzo titánico, le costó varias amanecidas y dolores de cabeza, tenía la presión de acabar el mural a tiempo. Lo hizo finalmente en nueve meses, el mismo “tiempo que demora el ser humano en venir al mundo”, en sus propias palabras. 

En aquel mural Bravo nos narra tres mil años de historia. Desde la época mitológica, nos lleva por los días en los que se consolidó el incanato; el apogeo y el declive de ésta civilización; la traumática conquista española; las rebeliones en busca de independencia o la consolidación de la república son algunos de los sucesos que aparecen aglutinados con sublime eufonía ante nuestros ojos cuando vemos el mural. 
Es conmovedor notar al final que el artista tenía una visión optimista. Los personajes del cuadro alzan sus rostros adelante, con valor, orgullosos de ser peruanos. 

Como el Inca Garcilaso, Bravo creó un mundo maravilloso donde lo andino es felicidad y color, danza, lucha y sabiduría. Nos ha ayudado a dar un paso más en la consolidación de nuestra identidad, o nuestras muchísimas identidades. 

Después de buscarlo por la ciudad y encontrar a Juan Bravo en cada esquina del Cusco, me doy cuenta de que no ha muerto. Él está por todas partes, nos rodea como nos rodean los admirables muros incas.






Ritmografía de Juan Bravo.Archivo personal de Milagros del Carpio.






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JAIME BUENO


lunes, 20 de abril de 2015

Defensa de la libertad de pensamiento

No concuerdo con Mario Vargas Llosa en todo. Pero cuando leo en los medios ataques sin argumentos, cuestionamientos sin ideas y ofensas pusilánimes, no puedo sino indignarme. Es más fácil lanzar la piedra bajo la protección del anonimato, que firmar tus palabras en la Internet, y es mucho más fácil sumarse a la turba, que postular solitariamente a una defensa.

Mario Vargas Llosa, que en su juventud defendió las ideas de izquierda y era un fiel seguidor de Sartre, cambió y se ha vuelto el liberal-demócrata que a muchos izquierdistas demagógos les apesta. ¿Resulta tan terrible y condenable ese cambio? No. Todos tenemos derecho a cambiar de pensamiento y a continuar fieles con nuestras nuevas ideas. De no ser así estaríamos condenados a ser pensadores estáticos, casi muñecos de cera destinados a morir con la primera idea que abrazamos.

Puedo disentir con el Nobel en muchas cosas, pero si éste autor defiende sus ideas con buenos argumentos, entonces a pesar de no estar de acuerdo con él, lo respeto. Esto no es una defensa de Vargas Llosa en estricto, sino de la civilización, de la capacidad de argumentación.

El propio Nelson Manrique, antagónico y muchas veces crítico con el Nobel, ha manifestado que al pasar “por su ruptura con la revolución cubana y su posterior abandono de ésta causa, para arribar al liberalismo social” lo hizo “con la misma pasión vital con la que siempre abraza sus compromisos políticos e intelectuales."

Uno puede opinar libremente sobre lo que le parezca correcto, y si lo hace con pasión, independencia y además elegancia, qué mejor.

Por eso infiel lector, que disfrutaste de “Conversación en la catedral” y que gozaste con las aventuras del poeta en "La ciudad y los perros", recuerda que puedes ser un enigma, un detractor, pero nunca un bárbaro, de lo contrario no entendiste nada.


Fotografía de Daniel Mordzinski
Fotografía de Daniel Mordzinski



lunes, 21 de abril de 2014

El fantástico escritor




Estaba leyendo unos cuentos de Cortázar cuando una llamada me sacó de aquel maravilloso ensimismamiento para anunciarme que Gabriel García Márquez había muerto. -Estaba viejo, muy delicado-, pensé. -De alguna forma sabía que ésta triste noticia pronto iba a ser anunciada-.

Dejé el libro que tenía en las manos y busqué en mi estante las historias tantas veces releídas. Sabía bien con cuál de los relatos iba a empezar: Ojos de perro azul. Otra vez escuché esos diálogos misteriosos, viví esa situación imposible, sentí ese amor que jamás sucederá. -Qué espléndido cuento. Qué grande eras… eres-.

Recordé la inmensa devoción que le tenía de niño. Sí, en mis primeros años de lector, García Márquez me parecía el mejor narrador.  -Nadie como él. Nadie podía inventar sucesos así, historias así, personajes así. Colores como los de Macondo, sólo él-. Recordé que incluso solía soñar que lo conocía, que le pedía consejos: “¿Cómo ser un escritor, don Gabriel? ¿Cómo crear mundos tan fantásticos como los suyos?”


Mientras leía volvían algunos personajes, unos me recordaban a otros, y así desfilaban por mi cabeza: el coronel Aureliano Buen Día, legendario e imponente, saludaba frente al pelotón de fusilamiento; Santiago Nasar, trágico y agonizante, sostenía sus tripas que se le salían por el estómago; Remedios, la bella, hacía adiós con la mano mientras se elevaba en el cielo; Eréndira, más triste que nunca, se iba corriendo, escapando del atroz recuerdo de su abuela desalmada; y, allí otra vez, más hermosa que nunca, con su piel blanquísima y su largo cabello escarlata, Sierva María de todos los Ángeles.

-Cuántos grandes amigos gracias a ti, cuántas vivencias, cuántas mágicas aventuras… te debo tanto-.


García Márquez es tal vez, imagino que muchos sienten lo mismo, el primer escritor que me hizo amar la literatura. Con él me di cuenta desde pequeño que la vastedad de costumbres, creencias, supersticiones y mitos que conviven en nuestro continente no son una desventaja, un atraso; son nuestro mayor tesoro. Las muchísimas culturas de Latinoamérica generan un mundo mágico, único e inagotable. Los libros que ha dejado el escritor colombiano estarán siempre ahí para demostrarlo.

En los medios de prensa y las redes sociales los mensajes, pésames y lamentos, parecen infinitos. Las frases, los recuerdos, las anécdotas y las recomendaciones se atropellan, se suceden unas a otras. -¿Va a estar más vigente, lo van a leer más y más? Espero que sí, espero que todo este vendaval no sea simplemente fruto del esnobismo-.

El mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leerlo. Los libros de Gabriel García Márquez estarán esperándonos siempre para recordarnos que la variedad no es un defecto, es la semilla más fecunda para sembrar creatividad.


Fotografía de: Isabel Steva Hernández

domingo, 3 de noviembre de 2013

Banalízate y existirás

Hay una tendencia que recientemente he notado con mayor intensidad en el Cusco, una propensión que parece estar acentuándose, una forma de entender, revalorar, rescatar y exponer lo cultural -practicada cada vez más por la gente dedicada al arte- que realmente ha llegado a preocuparme.

La tendencia tiene cánones rigurosísimos y dicta que los poemas, pinturas, canciones, fotografías, y cuentos deben pasar, antes que nada, por un filtro fashionista y frivolizador. Así lo exige el movimiento, todo debe volverse lúdico, divertido, en una palabra: fácil. Ese es el paso ineludible para que cualquier cosa -oh, qué felicidad- pueda ser considerada artística, cultural, innovadora, escandalosa, iconoclasta, posmoderna. Esos adjetivos tan codiciados y valorados por la nueva tendencia. 

El reciente movimiento no sería peligroso ni preocupante si, para ser bien visto y aceptado, no vendría disfrazado de buenas intenciones.

Hace poco me enteré de una curiosa campaña que realiza un grupo de jóvenes. Ellos -muy fashionistas y artísticos- quieren rescatar y revalorar el quechua cantando canciones pop en el ancestral idioma. Cuando les preguntan por qué usar las melodías occidentales, contestan -con pose intelectual- que “es innegable su origen andino, incaico, imperial”, pero también -quizá sobre todo- “es innegable que son hijos de Lady Gaga, Madonna y Shakira”. Solemnes, anuncian que son algo así como “el cruce entre Pachacútec y Britney Spears” y que usarán su arte para rescatar y revalorar el idioma de su papi, cantando al ritmo de su mamá.

Se ha discutido mucho sobre si el camino para perennizar las manifestaciones culturales originarias de nuestro país es que irremediablemente éstas se occidentalicen, si pueden sobrevivir puras conservando su espíritu, su autenticidad, o es que deben fusionarse para seguir vigentes. Esa discusión perdura y sigue generando gran polémica, pero no es la discusión que le compete a este caso. Lo que me preocupa no es el afán de occidentalización, es la vocación frívola y facilista -que parece estar extendiéndose cada vez más- lo que ha llamado mi atención.

El quechua no es solo un conjunto de palabras, de vocablos -ninguna lengua puede reducirse únicamente a eso- es una manera de ver y comprender el mundo. Un idioma importa y debe perdurar sobre todo porque en cada sonido que se produce con él, en cada palabra y frase, está contenida una forma de interpretación cultural distinta, única y muy valiosa. No se trata solo de saber palabras en quechua. Si se quiere salvar ese idioma hay que ser quechua. (Un ejemplo mencionable es el grupo musical Uchpa, que no solo usa el lenguaje con recursos actuales. Procura emitir también un sentimiento, lo quechua en sí).

Cuando esos jóvenes cantores hijos de Lady Gaga, indudablemente miembros del nuevo movimiento, usan el pretexto del noble fin y pretenden revalorar a su forma y con recursos pop una lengua, no la están salvando, están exterminándola desde la raíz. Frivolizándolo, vuelven al idioma solamente en una representación chacotera, en un espectáculo discotequero.

Lo que demuestran los seguidores de este nuevo movimiento, lamentablemente, es que para que cualquier manifestación cultural subsista en la actualidad, no solo debe occidentalizarse, debe, sobre todo, banalizarse. Lo que en verdad nos cantan, al ritmo de la chica material, es una tonada que quizá suena divertida, pero que tiene un contenido muy triste: “Si quieres resaltar, si lo que sea quieres rescatar, frivolízate, frivolízate. Si quieres ser escuchado, y ser llamado artista, banalízate, banalízate. Si quieres pasar por cultural, por un intelectual, fashionízate, fashionízate”.




domingo, 20 de octubre de 2013

Flaubert, el verdadero artista

Henry James no se equivocó al afirmar que gracias a Gustave Flaubert, la novela –vista antes como un género literario menor, de pasatiempo- se invistió de una jerarquía artística que la enaltecería para siempre. A partir de Madame Bovary, aunque el mundo demoró mucho en reconocerlo, la novela fue considerada una de las formas más bellas de la literatura. 

Flaubert –desconfiado y receloso de la inspiración- creía en la labor constante, en la disciplina como única manera de lograr el estilo anhelado. Consideraba que, como en la poesía y en la música, el sonido y la forma eran trascendentales. El camino para lograr su objetivo era claro, había que “lustrar una y otra vez las palabras, para que brillasen". Después de largas horas de extenuante trabajo buscando “el vocablo justo”, sometía todo lo escrito a una rigurosa prueba auditiva. En un lugar apartado de su hogar, a voz en cuello, leía todo lo producido buscando y eliminando las odiosas disonancias. Leía y releía -entonaba- haciendo arreglos para que toda su creación tuviese un estilo pulcro, artístico. Aspiraba a que todo gozara de eufonía.

Pero el género novelesco no está en eterna deuda solo por ése gran logro estilístico desplegado en Madame Bovary. En aquel libro se encendió el primer destello que posteriormente iluminó (y sigue iluminando) las obras de autores importantísimos como Joyce y Proust. En su primer libro publicado, Gustave –tal vez sin percatarse- inventó una de las técnicas narrativas más exquisitas: el monólogo interior.

Al inicio del relato es un narrador-personaje el que empieza a introducirnos en la historia. Después de detallar lo que al parecer él mismo presenció, desaparece y nos deja escuchando la voz de un narrador omnisciente, impersonal y objetivo, que describe los hechos con un carácter casi científico, pero que también nos permite apreciar –gran hazaña estilística- la historia desde la mentalidad de los personajes, desde su intimidad.


Aún recuerdo la gran impresión que tuve cuando descubrí cómo, con algunas frases en cursiva o algunas interrogantes usadas de forma muy precisa, Flaubert me invitaba a pasar y a entender la historia desde las cabezas de Madame Bovary, Charles, Rodolphe o la de León. La técnica aplicada era increíble, sobre todo considerando que la novela se escribió en el siglo XIX. No lo dudé entonces, todo lo que se decía del libro era cierto: era una gran innovación, un gigantesco adelanto para su tiempo, una revolución y ahí, entre esas palabras, estaba el germen del que muchos autores consagrados se habían beneficiado.

Cuando la novela se publicó por primera vez, no fue bien acogida. Sus primeros críticos fueron muy duros, dijeron que Flaubert solamente se había limitado a copiar la narrativa de Balzac. Tildaron al libro de inmoral y frío; se horrorizaron de sus “crueles descripciones”, le reprochaban a Gustave el no haber tomado una posición, el no haber incluido un “héroe laudable”. El escritor incluso tuvo que soportar un tedioso proceso judicial por haber promovido y alentado “costumbres pecaminosas mediante esa mujer promiscua". Fueron pocos los que apreciaron el valor del relato, entre ellos estaban Victor Hugo y Baudelaire. Ellos comprendieron (lo señala Maurice Nadeau) la dificultad que el joven escritor había superado y felicitaron su “sutil y preciso estilo”.

A través del tiempo la obra ha sido revalorada. Muchos escritores, ensayistas y críticos literarios han profundizado en su historia. Se ha dicho que es la primera novela moderna; que abolió y renovó todos los cánones literarios. A Emma -soñadora y rebelde- la han asociado por su amor a los libros y su desprecio por la realidad con el entrañable Quijote.

Actualmente el grandioso monumento que es ese libro resulta, además de todos sus innegables aportes a la literatura, un radical ejemplo que demuestra que lo artístico no se consigue mediante el escándalo y la chacota. Lo realmente perdurable es fruto del esfuerzo, la terquedad, la constancia y sobre todo la disciplina.

En lo futuro espero volver a hablar sobre este libro de mensajes y enseñanzas inagotables.

domingo, 6 de octubre de 2013

El eterno caballero


Leyendo la última parte del Quijote, mientras concluyo esta fabulosa y larga aventura, Cervantes parece enfatizarme la que tal vez fue su primigenia finalidad al escribir este libro: “Poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas novelas de caballerías”. 

Al final don Quijote parece muy racional, cuerdo. Reniega y se arrepiente de todas sus anteriores fantasías e incluso se usa a sí mismo como ejemplo de lo nocivo que puede resultar sumergirse en la literatura, en los sueños. Sancho, su leal escudero, le suplica que no se deje morir, “esa es la mayor locura que puede hacer un hombre”, exclama. Le pide que se levante de la cama, que salgan nuevamente a realizar los últimos disparates planeados, pero todo es en vano. 

Los papeles se han invertido y al parecer no hay vuelta atrás. El intercambio de roles entre caballero y escudero parece haber comenzado desde el inicio de la segunda parte del libro. Con la intervención de los distintos personajes en sus divagaciones, la propensión por lo fantástico del caballero de la triste figura ha ido mermando, ya no ve lo que quiere ver y da la impresión de requerir de los demás para seguir caminando en la irrealidad, mientras tanto Sancho se vuelve, con cada refrán que dice, más fantasioso, idealista. 

Lo anterior contrasta con el inicio de la historia donde, leyendo las primeras páginas, me he conmovido mucho conociendo a este viejo hidalgo echado a menos que invierte todo su tiempo en leer libros de caballería “con tanta afición y gusto” que llegó a olvidarse de todos los quehaceres materiales y prácticos; que vendió incluso muchas de sus “fanegas de tierra de sembradura para comprar libros”; y que, “del poco dormir y del mucho leer”, perdió el juicio.

Así, loco y ávido de aventuras, se encaminó en su célebre peregrinaje dispuesto a resucitar –como un hombre de otro tiempo- una tradición ya muerta: la andante y noble caballería.

En sus primeras andanzas la negación de la realidad que el eterno caballero demuestra es absoluta, su sed de fantasías es infinita y es por eso que le resulta fácil y hasta natural ver gigantes en vez de molinos, sentirse el morador de un gran castillo cuando en realidad está en una casa ordinaria, ver a ejércitos en vez de rebaños y creer que habla con distinguidas princesas cuando en verdad solo se está relacionando con simples pastoras. Él veía una bella y multicolor ilusión en un mundo aburrido, gris, real.

Luego de un periodo de reposo, cuando don Quijote retoma los caminos después de haber sido llevado con engaños a su hogar, su historia, la obra del árabe Cide Hamete Benengeli, anda ya por todo el mundo impresa en libros. Cervantes, que siempre nos narró los sucesos como un simple traductor de Benengeli, logra con ése recurso -tomado de las novelas de caballería- poner un relato dentro del relato mismo, consigue de alguna forma que la ficción se vuelva mágicamente real y así da la sensación de que don Quijote de la Mancha realmente existió.

La celebridad del caballero hace que desde su última salida sea reconocido como “el señor del libro”. Su anhelo de ilusiones parece agotarse cuando son los demás los que lo incitan a sumergirse más profundamente en su locura. El punto máximo lo alcanzan los caprichosos duques que con sus artimañas hacen que el viejo hidalgo por primera vez crea “ser caballero andante verdadero y no fantástico”. A partir de ése punto la narración se llena de contrastes y se van evidenciado sutiles cambios que desembocan finalmente en el que tal vez fue, como mencioné al inicio, el propósito inicial del libro.

Quizá la esperanza de desprestigiar a los arcaicos libros caballerescos funcionó y fue concebida tal cual por los primeros lectores del libro pero, a través de los años, esa finalidad se ha ido borrando poco a poco y la imagen del loco soñador ha prevalecido.
Grabado de Gustave Doré
Hace cuatro siglos que don Quijote salió de su casa para buscar aventuras, para socorrer, en nombre de su Dulcinea, a los débiles y a los necesitados.

Hace cuatro siglos que se escapó de la realidad, que se enroló en aquella cruzada dispuesto a enaltecer a los humillados y humillar a los injustos, y, ahora que cierro su libro, me parece que sigue galopando, montado en su rocinante, por el corazón de todos los idealistas del mundo.