domingo, 30 de junio de 2013

Los días del Cusco


Eran casi las ocho de la noche y la combi en la que regresaba a casa no avanzaba por la congestión. Al mirar por la ventana vi la calle Ayacucho llena de basura; unos borrachos se estaban insultando y terminaron agarrándose a golpes; un niño lloraba a su lado; unos jóvenes miraban la escena mientras  reían a carcajadas. Sí, muchas groserías sonaron mientras a mis oídos llegaba la tonada de alguna cumbia a todo volumen. Son los días del Cusco, me dije, son los días de mi ciudad y así es como celebramos.

No fui al Inti Raymi, durante esa ceremonia estuve en un almuerzo con unos buenos amigos. Mientras comíamos uno de ellos hizo un comentario que me pareció muy acertado: “En el Inti Raymi se afirman nuestros complejos. Es el día del Cusco y para celebrarlo se hace aquella ceremonia en la que los turistas, los extranjeros usualmente, están cómodamente sentados en primera fila mientras los cusqueños, alzando sus cabezas, tratan de ver alguito, tratan de participar, aunque sea colándose, en su propia fiesta”.

Los días del Cusco han pasado así; con los desfiles de siempre en los que absurdamente se endiosa al alcalde, al papá lindo; con borracheras y comilonas que dejan las calles más sucias que en cualquier otro mes del año; con ceremonias en las que los cusqueños deberían estar sentados en primera fila pero resultan ser echados al patio de atrás.  

El Cusco y los cusqueños se merecen más. Estos días deberían ser divertidos pero también enriquecedores. Deberíamos visitar más los museos, llevar a los más pequeños a lugares nuevos con historias sobre su ciudad. Los niños no merecen ver como sus padres echan basura y se emborrachan en plena calle por el día del Cusco.

Estos días de fiesta deberían aprovecharse para enaltecer realmente a nuestra ciudad saliendo a caminar con la familia por sus calles, plazas y museos. Lugares en donde -como en pocas partes en el mundo- es realmente posible viajar en el tiempo.

domingo, 19 de mayo de 2013

Viajando en el tiempo





En la época de los incas, en el sitio donde ahora me encuentro -el monasterio y museo de Santa Catalina-, existía un lugar que por sus fines y el estilo de vida de sus habitantas tenía  muchas similitudes con el actual monasterio.

Aquí vivían las aqllas, mujeres que por su alcurnia y belleza eran seleccionadas para vivir aisladas del mundo. Esas doncellas ocupaban sus días en la elaboración de tejidos que finalmente serían las vestimentas del Inca. Muchos años después, en la época colonial, las monjas de claustro que moraban en este sitio tenían entre sus ocupaciones principales la de elaborar las vestimentas que usaban los obispos y superiores del clero eclesiástico.

Uno se entera de esos curiosos detalles en la primera sala del museo. ¿Se habrá elegido el sitio deliberadamente, será solo una gran casualidad? Siguiendo por el pasillo que conduce al ambiente principal se ven hermosos telares coloniales del siglo XVIII, es desde ahí, oyendo la música sacra, que vamos iniciando nuestro viaje en el tiempo.

Estatuas de monjas de tamaño real nos sorprenden y asustan por su realismo, hacen que me detenga. La que veo ahora está en un reclinatorio rezando. Continúo y me detengo a mirar los cuadros con motivos religiosos, en su mayoría son del siglo XVII o del XVIII, todos anónimos. La persona a cargo de la seguridad del museo me dice que no eran pintados por una sola persona, que “más bien eran hechos por varios artistas, unos especialistas en pintar brazos, otros manos, caras y así”. 

Al final de este ambiente, hacia la derecha, está la sala mortuoria. Una de las monjas está siendo velada ahí, me detengo solemne y miro su rostro, tiene los ojos cerrados. Luego contemplo a mi alrededor: grandes cuadros con delineados marcos de estilo barroco decoran el lugar. Me despido de la difunta y voy hacia el estudio. La máquina de escribir “Torpedo” que tengo al frente debe tener muchos años. Es el objeto más preciado aquí para mí, me demoro mucho viéndola. Detrás de ella, en un escaparate colonial, hay libros antiguos, manuscritos, pergaminos, un codiciado botín.

Conecta con el estudio la “sala del confesionario”. Describir lugares así de hermosos es complicado, en los muros y en el techo hay pinturas que dan al lugar un ambiente especial. Los murales han sido atribuidos al artista Tadeo Escalante, ¿habrá pintado realmente ese artista la habitación en la que estoy? La historia tiene muchos escollos, uno nunca sabe.

Al fondo una monja está echada de costado en el piso, a su alrededor sus compañeras están sentadas y la miran con rostros severos, parece que se está confesando en voz alta. Qué difícil situación, qué incómodo debe ser para ella,  mejor salgo de aquí. Veo una vez más la máquina de escribir, el precioso escritorio que está al lado, los libros y los escaparates barrocos.


Subiendo al segundo piso, me llama la atención un cuadro que representa la crucifixión de Jesús, me sorprende porque en la parte inferior izquierda de la pintura hay una pequeña calaverita que viste un hábito, de su boca salen letras en latín, leyendo  la descripción del cuadro me entero de lo que dice: “recen al Señor por la Natividad”. Dice la historia que “la Natividad” era una monja que nunca había llegado a adecuarse al estilo de vida del claustro, al morir su alma penaba por los pasillos del monasterio. La pintaron ahí –representada como una calavera- para que su alma descansara en paz.

En el segundo nivel me distraigo con los armarios llenos de objetos antiguos: jarrones, vasijas, platillos y tazones. También me impresionan las puertas ornadas de los muebles. En una mesa un grupo de monjas está disfrutando de su cena, como no quiero importunarlas no llego a apreciar muy bien el hermoso cuadro que tienen detrás, en él se representa a María sosteniendo el cadáver de su hijo, el fondo negro, contrastando el blanco y triste rostro de María, genera realmente una sensación de melancolía.

La pinacoteca es un privilegio para la vista, para nuestros ojos. Un cuadro en especial atrae mi atención. En la descripción dice que la mujer que observo es la “Virgen de la Asunción”. Parece que está en estado de trance, mira de manera perturbadora hacia arriba y está rodeada de muchos  rostros de niños, ángeles que la recorren y la observan. Algunos también me miran con una expresión pícara, más que ángeles parecen pequeños demonios, pobre Virgen de la Asunción. Al fondo hay cuadros atribuidos a Diego Quispe Tito, “La Sagrada Familia” es uno de ellos, en éste los colores son muy intensos, alegres.

Al despedirme del lugar, mientras voy saliendo, se va imponiendo a la música sacra, la bulla de los carros, el sonido atronador de la ciudad. 

Ya afuera, caminando por la calle Triunfo de nuevo en el presente, pienso: realmente los museos son lugares que nos permiten huir de la realidad, de lo actual. Son sitios en donde caminamos por el pasado y somos transportados por bellos cuadros, telares multicolores, manuscritos, libros, pergaminos, objetos antiquísimos y música de otros tiempos.

 

domingo, 5 de mayo de 2013

La literatura sí es fuego


En la primera novela de Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros, 1963 ) se percibían ya algunas características que seguirían repitiéndose en muchas de las demás obras del gran autor: una técnica narrativa vanguardista dotada de muchas perspectivas, enriquecida con las voces de muchos narradores que se mezclan y cuentan la historia desde distintos tiempos y ángulos, una técnica que sobre todo se influenció en la obra del magnífico escritor William Faulkner. También podemos notar una tenaz disciplina flaubertiana que da la impresión de que, más que del talento, la obra es el resultado de un trabajo esforzado, metódico, estratégico.

Pero sobre todo puede distinguirse desde ahí -desde ese primer gran destello- una característica que quizá hace que su genial narrativa obtenga una verdadera cualidad incendiaria. Desde que Vargas Llosa escribió “La ciudad y los perros” manifestó siempre una fuerte crítica en contra de la sociedad peruana, una sociedad muy corrompida, corrupta, injusta, que prefiere eludir valores primordiales con tal de salvaguardar la imagen, la apariencia.

El premio Nobel de literatura dijo una vez, en un gran discurso, que “mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él”. También manifestó -en ese mismo discurso- que la literatura es fuego y que sirve para agitar y exaltar el inconformismo de las personas en su sociedad. Sucede así desde que nos sumergimos en esa magnífica historia, mientras caminamos por las cuadras del colegio militar Leoncio Prado y vemos cómo ahí impera la ley del más fuerte, cómo un sistema que promueve la disciplina por medio de la violencia sólo logra corromper más a los jóvenes estudiantes.

Mientras escuchamos las voces del serrano Cava, del Boa, del Esclavo, del Jaguar o de Alberto, no sólo nos sentimos visitantes, turistas en el relato, sino que también vivimos cada suceso, los sentimos y nos indignamos con cada injusticia.

Muchos críticos literarios consideraron que el epílogo del libro era innecesario, que la novela hubiera resultado mejor sin éste porque de alguna manera “mal formaba su estética”. Ahora que he vuelto a leer el libro después de algunos años, pienso que estaban muy equivocados. Es justo en esa última parte en donde hallamos la crítica más certera a nuestro país, es ahí, cuando nos vamos despidiendo de todos los personajes, que vemos cuán contrastada y desigual es nuestra sociedad, cuán inicua resulta.

Tal vez algunas veces han tenido la sensación, cuando los ven leyendo literatura, de que son percibidos como alguien que está perdiendo el tiempo, tal vez han escuchado comentarios que sugieren que la literatura es algo banal, que en realidad no sirve para nada, que es algo que solamente entretiene. 

Creo que, como a mí, leer “La ciudad y los perros” los convencerá de que no es así, les hará tener la convicción de que la literatura -como dice Vargas Llosa- es en verdad fuego. Les mostrará que los libros son instrumentos incendiarios que acentúan nuestro inconformismo, que sirven para que nos indignemos, para que protestemos, para que critiquemos y queramos mejorar.

domingo, 21 de abril de 2013

No miente, no votes por él




Se ha hablado mucho en estos días de Javier Diez Canseco. En los diarios y en la televisión son muchos los homenajes, los recuerdos enaltecedores, los artículos en los que me he ido enterado de detalles desconocidos sobre su vida y que hacen que crezca mi admiración por él.
No sabía que en su juventud fue vocalista en un grupo que también integraba el gran saxofonista Jean Pierre Magnet; que, como el entrañable “Zavalita”, había renunciado a una serie de privilegios económicos, que una familia muy bien acomodada le ofrecían, para volverse socialista; que es un gran bailarín a pesar de su discapacidad y que una de sus canciones favoritas es la polka criolla “el electricista”.


Definitivamente ha sido positivo enterarme en estas últimas semanas de todas esas cosas, me parece bueno que ahora su figura brille por reconocimientos bien merecidos, que hayan comentarios, de amigos y adversarios políticos, que indiquen que “a pesar de no siempre haber estado de acuerdo con su posición, es innegable que es un hombre de principios, íntegro,” ¡íntegro!, qué fabuloso poder decir eso de un político peruano, ¿no?

Es bueno todo ese reconocimiento a Javier Diez Canseco, pero, hay que decirlo, tiene un sabor agridulce porque todo esto coincide con su mal estado de salud y la injusta sanción que le impuso el congreso –sanción que ha sido anulada en la vía judicial y que, proviniendo de esa institución, resulta más bien una condecoración-. Debemos ser más justos, en el tiempo preciso, con los buenos políticos, sobre todo porque son pocos.

Toda esta actual difusión me ha recordado su infructuosa campaña política en la que fue candidato a la presidencia en el año 2006. Me ha traído a la memoria específicamente el eslogan de su campaña: “No miento, no votes por mí”, ¿se acuerdan? En las calles de Lima muchos lo leían y reían sin entender, “no votes por mí, qué cojudo, para qué se candidatea entonces”. Pero los cojudos éramos nosotros al no comprender que esa frase simple era un grito de protesta contra nosotros, los inicuos electores. Era una llamada de atención -que pasó inadvertida- a los que prefirieron a Fujimori tantas veces y a los que demoramos tanto en sacarlo del gobierno, era un jalón de oreja a los que decían que el grupo colina le era ajeno al chinito, que había que meter mano dura para salvarnos del terrorismo, que toda atrocidad era justificable. Era una recriminación a personas como las que en estos días quieren hacer pasar delitos de lesa humanidad como simples crímenes que pueden ser indultados.

Nuestra historia política es más triste que una película hindú, ejemplos de malos políticos hay muchos y por eso en esta ocasión quise hablar –como un contraste entre tanta cochinada- de Javier, del político peruano que nos decía que no votáramos por él porque no miente y no nos subestima, porque no dice solamente lo que queremos escuchar, porque es consecuente cuando se trata de sus principios, porque jamás se doblega y es coherente entre lo que dice y hace.

Espero que pronto su salud mejore y siga siendo un extraordinario ejemplo de que es posible ser político y también un hombre honesto. 



domingo, 7 de abril de 2013

Lo que queda de los poemas




El primer indicativo que percibí, la primera señal que tuve de que algo andaba mal en el mundillo cultural, fue una revista de poemas que un amigo había editado y muy entusiasmado me regaló hace años. El texto había sido realizado en Arequipa por un grupo de jóvenes poetas –sí, de esos que actualmente abundan- y lo que ahora recuerdo de aquello, lo que viene a mi memoria para graficarles lo que quiero contar, no es precisamente la belleza armónica y poética de los versos, no. Lo que parece haber quedado son las imágenes que antecedían a cada poema. Eran fotografías de animales, en su mayoría caballos, que aparecían teniendo sexo con mujeres. Esa aberración parecía ser el tema central de la publicación, ni siquiera recuerdo de que trataban los poemas, recuerdo la sorpresa, el escándalo, la desagradable impresión que esas fotos me causaron, nada más.

¿Ese es el fin de lo artístico ahora? ¿Se fabrican esos panfletos para escandalizarnos y ya? ¿Se hacen recitales de poesía para que escuchemos, hasta el hartazgo, palabras como vagina, senos, clítoris, pene y demás? Si en estos días esa es la finalidad del arte, de lo cultural, sin duda los nuevos poetas están logrando sus metas y cosechando muchos “éxitos”. Mi memoria es una prueba de que están cumpliendo su cometido, de que el escándalo es más fácil que el verdadero talento y que este puede ser soslayado, reemplazado por el barullo, la chacota; esas herramientas siempre tan infalibles para llamar la atención (lo único que al parecer buscan).

Después de aburrirme un rato con los poemas, termine echando a la basura el panfleto. Lo arroje –como suelo arrojar las secciones de sociales de los diarios- sobre todo temiendo que alguno de mis pequeños sobrinos lo encuentre y crezca vacunado para siempre de la literatura por la cruel idea de que es algo podrido y necesita de esas imágenes para sobresalir.

Nunca le dije a mi amigo lo que pensé de sus “poemas”, intento seguir la vieja regla de que “si no tienes nada bueno que decir de algo, mejor no digas nada”. Seguramente él y sus amigos seguirán haciendo de las suyas en su facilísima cruzada por escandalizar al mundo, alejados de las ya anacrónicas finalidades del arte: enriquecer el espíritu, generar reflexiones profundas, afianzar valores, mostrar distintas realidades y generar la necesidad de mejorar, entre otras.

Es una lástima que actualmente muchos poetas se canalicen solamente en lograr lo escandaloso, que sus escritos terminen en el inodoro del alboroto, que pasen sólo como pequeños destellos frívolos y, al final, no alimenten ningún apetito verdaderamente artístico.